sábado, septiembre 19, 2009

De confusiones, moriscos y toros



Las fotos del personal
Vicente
Luís

Ya iréis viendo el por qué del título. La verdad es que empecé el día con mal pié. De repente me vi cojeando.¿Caída?, ¿esguince?, ¿tropezón?, resbalón?, traspié?, ¿patinazo?,¿deslizamiento?...¡ójala!. En ese caso, mi orgullo no quedaría herido. La causa fue ¡¡¡¡ metedura de pata!!!. En su sentido más literal: me llevé a la ruta una bota de cada clase. Una nueva y la otra vieja hicieron que una pierna fuera más alta que otra. ¡Horror!. Risas inmisericordes del personal y abatido y contricto, allá que me fui a ponerme unas sandalias con las que poder seguir- mejor empezar- la marcha.

Repuesto del ridículo, emprendimos camino del poblado morisco del Jinquer. Una agradable cuesta nos fue acercando al mágico enclave. Mágico porque se podía “sentir la Historia”. Los venerables muros de las casas, la derruida iglesia, las angostas callejuelas, permitían “ escuchar” los lamentos de los expulsados moriscos que, volviendo la vista atrás, abandonaban para siempre lo que fue su hogar durante siglos.

¡Que ésto es demasiado llanto!
¡Que son las zambras entierros!
Por capricho de un prelado
que tiene en la mano un cetro:
Juan de Ribera arzobispo
predicador de Evangelios,
con un brazo adora a Dios,
y con otro incita a duelo.
Quiere de España una Iglesia,
y no le importa que el hierro
enderece los rebaños.
Nos echais como alimañas
porque bestias sois por dentro.
Nos vamos pero no olvideis
que algun día volveremos.

(poema morisco)

Es de agradecer el trabajo de limpieza de matorral que permite efectuar la visita muy cómodamente. Almorzados y descansados, iniciamos el regreso, no sin depredar adecuadamente cuanta higuera o zarzamora se encontraba a nuestro paso.

Llegados que fuimos al pueblo, iniciamos la segunda parte de la ruta: la cueva de la Fuente del Toro. Debidamente asesorados por unos amables lugareños, marchamos carretera adelante hasta un despeñadero, sí “despeñadero”, pues de tal podemos denominar el “caminito” que con un desnivel de vértigo, nos condujo hasta la boca de la fuente.

Un profundo tajo en la roca, daba salida a un agua tan límpida, que más de uno tuvo que moverla para asegurarse que allí estaba.

Fotos, abluciones, risas y demás, nos entretuvieron un rato. Viendo desde abajo el descenso que habíamos traído, decidimos regresar por un senderillo que bordeaba el río. ¡ Bendita decisión!. Un plácido y precioso paseo fluvial, nos fue llevando por parajes encantadores cuya visita recomendamos encarecidamente.

La guinda fue una senda, totalmente empedrada y excelentemente conservada que en sabias lazadas nos dejó a los pies de la plaza, cerca de donde teníamos los coches. En definitiva, una muy bonita y desconocida salida que seguramente repetiremos en otoño, cuando los amarillos, ocres y anaranjados tonos, tinten de un manto especial el trayecto que hemos recorrido esta hermosa mañana.

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